viernes, 14 de enero de 2011

Vida de perros...


Llovía intensa y despiadadamente sobre la capital. Tomé mi bolso, mi paraguas y el rumbo a mi hogar. Una taza de leche, mi cama y mi eterna soledad me acompañarían en la última parada.
Caminé por Vicuña y en la banca de siempre estaban ellos, los dos mojados y anestesiados de frío.
Uno movía su cola, su mirada inocente lograba despertar los más angustiosos sentimientos. El otro en cambio, se preparaba para saludarme como lo hacía a diario: - Buenas tardes hijita.
-Hola don José, respondí.