domingo, 18 de febrero de 2007

El amigo de mi amiga...


Tener amigos/as que te presenten a sus mejores amigos/as es algo común, lo que no lo es, o talvez sí, pero que no ocurre con mucha frecuencia, es transformarte en amiga de ese mejor amigo/a de tu amiga y llegar a entablar una relación de "mejores amigos".

Generalmente, todo queda reducido a una conversación sobre lo que él/ella hace, lo que nos gustaría hacer y bla bla bla, todo acompañado de un apetitoso café, al que después de unas horas se podrían sumar otros, claro, si existe un gran empatía como para hacerlo...

Así me sucedió durante mucho tiempo, llegué a conocer a una cantidad considerable de mejores amigos/as de mis grandes amigos/as, bailé, reí y compartí con varios de ellos/as.

Hasta que conocí a Miguel, no sabía si dar su nombre, ni siquiera imagina que hoy escribo sobre él, talvez debería haberle consultado, pero nuestra historia es de esas que no pueden esperar en ser contadas.

Nos conocimos hace dos años aproximadamente y de manera no muy planificada, simplemente él accedió a ser nuestro entrevistado -porque yo estudiaba junto a "nuestra mejor amiga" en común- para una nota de la universidad en donde él nos contaría detalles de su vida y del proceso que le tocó vivir. En esta historia no me interesa dar detalles respecto de aquello, sino que solo exponer lo increíble, placentero y reconfortante que es llegar a conocer a alguien del sexo opuesto tan parecido a ti...

Nuestra amistad surgió de la nada, cada vez que nos encontrábamos teníamos más y más temas en común y llegamos al punto en que ya "nuestra mejor amiga" en común Viviana, no era el nexo para poder reunirnos, sino que bastaba con digitar un simple número telefónico y cada uno ya estaba para el otro. Para ser fiel partner de carrete, para seguir tomando un rico café, para prestarnos nuestros oídos frente a las desdichadas situaciones que nos colocaba la vida, pero sobre todo el amor, o simplemente para hacernos cariño en el pelo cuando no veíamos el sol.

De esta forma, nos convertimos en casi inseparables, salvo por la distancia de nuestros hogares y largos tiempos dedicados a nuestros trabajos, estudios y por supuesto a nuestros otros amigos, que por cierto no eran en común. Esta situación se remediaba el fin de semana cuando nos juntábamos para contarnos cómo había estado la semana y por supuesto para producirnos y salir de parranda al lugar de nombre dulce que nos brindó grandes pistas para exponer nuestros dotes de super bailarines y románticos conquistadores. Debo agradecer que nunca tuvimos los mismos gustos, porque de haber sido así, de seguro me los hubiese quitado a todos, es tan mino!! además, por suerte!! a mí nunca me gustó a alguna conquista de él, asi que solo nos potenciábamos en nuestra alocada y sorpresiva proeza de fin de semana, nunca imaginábamos que nos depararía el destino y mucho menos quién nos quitaría el sueño durante esa velada...

Así hemos pasado este tiempo, sacándonos el rollo mutuamente, no había mencionado que él es sicólogo, por lo que debo suponer que he sido analizada desde la cabeza a los pies, bueno y yo soy casi periodista, por lo que también lo he analizado descaradamente, claro desde mi visión, lo que sí aún no logro entender es ¿por qué es capaz de descubrir casi siempre lo que estoy pensando y yo lo que él?

Talvez una de las respuestas podría ser que somos demasiados parecidos, tanto!! que en varias oportunidades me han dicho que tenemos las mismas actitudes, gestos y palabras en común, que nos potenciamos a morir!, que somos locos, algunas veces masoquistas e histéricos, y eso es sumamente cierto...
Ayer hablé con él -de forma virtual- , lo sentí desbordante, acelerado y con muchas ansias de hablar y de contarme todo, todo, todo lo que ha hecho en este último tiempo y bueno, también con muchas ganas de escucharme diciendo: ¡nooooooooo!, ¡mueroooooo! o simplemente ¡te ves LO TOP! - esta frase desde hace un tiempo ha sido introducida en nuestra jerga diaria-... "Nuestra mejor amiga" en común está en Brasil, en un grato viaje de placer, por lo que sé que se siente muy solo.

De igual modo, intuyo que necesita mucho de mí -me lo ha dicho- y yo necesito más que nunca de él, de ese fiel compañero de noches frías e intensas, donde después de la juerga nos lanzábamos sin precaución en busca de ese completo con mostaza, que no era otra cosa más que producto del bajón... Extraño al amigo que tomaba mi mano para hacerme brillar en la pista de baile hasta lograr hacerme sentir la reina de la noche, requiero con urgencia al hombre que me ha contado su secreto más íntimo, a ese al que le he contado el mío también...

¿Pero qué puedo hacer? Si hoy me encuentro de regreso en mi hogar, a 3000 km de la capital, con lluvia corriendo por mi ventana y medias de lana que abrigan mis pies...

Para ti amigo...

sábado, 17 de febrero de 2007

Para ser bella, hay que ver estrellas...o, no?




Para ser bella hay que ver estrellas, así mismo se lo dijeron a mi prima, crudamente y sin un anestésico que aliviara el peso de aquella frase.

¿Pero qué tantas estrellas estaré dispuesta a ver?

A las 17 horas aproximadamente, sale el primer individuo, mejor dicho la primera. Uff! Todos los presentes, que por cierto no éramos pocos, la examinábamos detenidamente, más bien, la escaneábamos descaradamente, lo que en jerga juvenil se entiende, como aquella mirada profunda capaz de sobrepasar lo tangible hasta llegar a las mismas entrañas, todo fue analizado en unos cortos tres minutos, su rostro, su más mínima expresión, su incomodidad y hasta lo sombría que fue para ella la sesión. Así, lo percibimos todos, eso lo puedo asegurar.

La fémina, de unos treinta y tantos, distinguía nuestra morbosa y amarillista posición espectadora, supongo que sentía vergüenza y creo que por dos razones específicas.

La primera, aludía a su antiestética fisonomía. Su apariencia no era del todo agradable, causaba algo así como, ¿cómo podría llamarlo? ¿Lástima?, si esa es la palabra, lástima, aunque creo que la misericordia está destinada para otro tipo de conflictos, en este caso era absurdo sentir algo de esa índole, pero de la misma forma era inevitable.

Su rostro hinchado, claro, después de al menos tres pinchazos, de esa jeringa metálica e intimidadora contenedora de anestesia, a veces con vaso y otras no, todo depende del efecto que el señor de verde y guantes de látex estime conveniente.

Nota: El vaso, es utilizado para dar mayor efecto a la anestesia, esto dependerá de la resistencia al dolor que tenga el paciente.

No quiero dejar de señalar el aspecto de dicho elemento, ese color metalizado de apariencia inquebrantable, imposible de no asemejar a algunos de los aparatos que en algunas ocasiones acompañan arduamente a ese trabajador de la construcción en su tarea diaria, no sé si me explico, aterroriza pensar que debe ser introducido en tu boca y más aún que causará una leve molestia, como diría el señor de verde, pero que para mí, en un pasado, fue mucho más que eso.

La segunda razón concernía a esa sensación incómoda y extraña que uno tiene al salir de aquella habitación, me refiero a la exposición inmediata, abrumadora, brutal y sin compasión, que para algunos es más terrible que la misma sesión.

Todas las miradas puestas en ti, todos pensando exactamente lo mismo: ¡le dolió! ¡Exacto! y ahora solo quiere estar en su cama, pensaba.

La ansiedad comienza a tomar posesión de mi corporalidad, de mis actos y pensamientos, los síntomas se exhiben cada vez más enérgicos ante los ojos de los que por un momento me acompañaron en mi veta espectatorial.
No podía arrancar, por decisión propia, bueno y con la ayuda de mi distinguida madre, había tomado este desafío, este ¡gran! Desafío.

¡Paula! ¡Adelante!

Era mi turno.

Todo era un martirio, una persecución a mi persona, era irracional, pero así lo sentía yo, además, el no haber visto nunca al señor de verde y a la dama de celeste acrecentaba aún más mi temor, sobre todo cuando mi experiencia pasada con uno de aquellos amantes de las placas dentales no fue del todo óptima, si no dolorosa y angustiante.

La habitación de color amarillo y un tamaño normal, además del escritorio, el notebook y algunas fotografías pertenecientes al señor, poseía ese asiento reclinable con la característica luz en forma ocular, esa misma que va sobre tu rostro y que presta atención de cada detalle y contorsión que realiza el rostro al ver esos artefactos de extrañas formas.

La encimera del lado derecho, tenía una series de elementos similares a los repuestos de un taladro, además de la famosa “turbina”, esa que provoca un ruido ensordecedor y poco amable, pero que solo queda en la molestia auditiva, porque de dolor bucal no hay nada, creo y puedo asegurar que el sonido es más estresante que la misma ejecución de su tarea, lo cual no había comprobado antes debido a la agresiva práctica que realizaba mi señor anterior.

En el costado izquierdo estaba el eyector, ese que retira las secreciones bucales conocidas como “saliva” y uno que otro elemento, como sangre, trozos de dentaduras o tapaduras.

Al abrir mi boca, comienza la sesión, el amable señor de ojos pardos y jovialidad desbordante, con guantes de látex incluidos y la ayuda de un pequeño espejo comienza a examinar.

La pieza nueve está estropeada, a la siete un cerec, ¡sí! Un cerec, la cinco y la cuatro composite ¿qué es eso? Me preguntaba, el idioma claramente no era comprendido por mi persona. Todo esto mientras ella, la dama de celeste y ojos en el tono, anotaba cada palabra descrita por mi sugestivo señor.

Placas dentales dañadas, tapaduras pasadas, convertidas actualmente en mi tormento, sangramiento producido por lo rancias que estaban y vaya a saber que otro diagnóstico más se entregó y que yo no comprendí.

La próxima visita sería para concretar la realización de la obra maestra.

Un par de días después, asistí nuevamente, en esta oportunidad pretendía conversar con el señor de verde y la dama de celeste, para liberar tensiones y crear algo así como una amistad temporal, porque creo que después de finalizado el trabajo no los veré después de varios meses o quizás años. Mi alivio era que ambos se veían simpáticos, aunque ella un tanto reticente.

Era mi turno, hice mi ingresó a la habitación, fui recibida con un beso en mi rostro por parte de ambos, comenzaba a notar la fluidez de un segundo avistamiento, todo fue más relajado, tomé posición del asiento reclinable y conversé con ambos por unos diez minutos, detalles de nuestras vidas afloraban, eso significaba que nuestra amistad temporal se iniciaba de una excelente manera.

Pero no todo debía ser ¿y tú en que año vas? ¿Qué estudias?, etc, etc, etc, yo había ido por algo concreto y debía ser efectuado.

Abrí la boca y mi cuerpo se tensó, un escalofríos se paseaba desde mi cabeza, hasta mis pies, solo veía los guates de látex y a ese aparato metálico con componente adormecedor ingresando a mi cavidad bucal ¡sentirás una leve molestia! – lo mismo decía el anterior- y así fue, la leve molestia se presentó en todos sus ámbitos, increíble pero cierto, por primera vez en la vida no había sentido dolor, era un excelente inicio. Al parecer, no sería necesario llegar a ver tantas estrellas.