
Para ser bella hay que ver estrellas, así mismo se lo dijeron a mi prima, crudamente y sin un anestésico que aliviara el peso de aquella frase.
¿Pero qué tantas estrellas estaré dispuesta a ver?
A las 17 horas aproximadamente, sale el primer individuo, mejor dicho la primera. Uff! Todos los presentes, que por cierto no éramos pocos, la examinábamos detenidamente, más bien, la escaneábamos descaradamente, lo que en jerga juvenil se entiende, como aquella mirada profunda capaz de sobrepasar lo tangible hasta llegar a las mismas entrañas, todo fue analizado en unos cortos tres minutos, su rostro, su más mínima expresión, su incomodidad y hasta lo sombría que fue para ella la sesión. Así, lo percibimos todos, eso lo puedo asegurar.
La fémina, de unos treinta y tantos, distinguía nuestra morbosa y amarillista posición espectadora, supongo que sentía vergüenza y creo que por dos razones específicas.
La primera, aludía a su antiestética fisonomía. Su apariencia no era del todo agradable, causaba algo así como, ¿cómo podría llamarlo? ¿Lástima?, si esa es la palabra, lástima, aunque creo que la misericordia está destinada para otro tipo de conflictos, en este caso era absurdo sentir algo de esa índole, pero de la misma forma era inevitable.
Su rostro hinchado, claro, después de al menos tres pinchazos, de esa jeringa metálica e intimidadora contenedora de anestesia, a veces con vaso y otras no, todo depende del efecto que el señor de verde y guantes de látex estime conveniente.
Nota: El vaso, es utilizado para dar mayor efecto a la anestesia, esto dependerá de la resistencia al dolor que tenga el paciente.
No quiero dejar de señalar el aspecto de dicho elemento, ese color metalizado de apariencia inquebrantable, imposible de no asemejar a algunos de los aparatos que en algunas ocasiones acompañan arduamente a ese trabajador de la construcción en su tarea diaria, no sé si me explico, aterroriza pensar que debe ser introducido en tu boca y más aún que causará una leve molestia, como diría el señor de verde, pero que para mí, en un pasado, fue mucho más que eso.
La segunda razón concernía a esa sensación incómoda y extraña que uno tiene al salir de aquella habitación, me refiero a la exposición inmediata, abrumadora, brutal y sin compasión, que para algunos es más terrible que la misma sesión.
Todas las miradas puestas en ti, todos pensando exactamente lo mismo: ¡le dolió! ¡Exacto! y ahora solo quiere estar en su cama, pensaba.
La ansiedad comienza a tomar posesión de mi corporalidad, de mis actos y pensamientos, los síntomas se exhiben cada vez más enérgicos ante los ojos de los que por un momento me acompañaron en mi veta espectatorial.
No podía arrancar, por decisión propia, bueno y con la ayuda de mi distinguida madre, había tomado este desafío, este ¡gran! Desafío.
¡Paula! ¡Adelante!
Era mi turno.
Todo era un martirio, una persecución a mi persona, era irracional, pero así lo sentía yo, además, el no haber visto nunca al señor de verde y a la dama de celeste acrecentaba aún más mi temor, sobre todo cuando mi experiencia pasada con uno de aquellos amantes de las placas dentales no fue del todo óptima, si no dolorosa y angustiante.
La habitación de color amarillo y un tamaño normal, además del escritorio, el notebook y algunas fotografías pertenecientes al señor, poseía ese asiento reclinable con la característica luz en forma ocular, esa misma que va sobre tu rostro y que presta atención de cada detalle y contorsión que realiza el rostro al ver esos artefactos de extrañas formas.
La encimera del lado derecho, tenía una series de elementos similares a los repuestos de un taladro, además de la famosa “turbina”, esa que provoca un ruido ensordecedor y poco amable, pero que solo queda en la molestia auditiva, porque de dolor bucal no hay nada, creo y puedo asegurar que el sonido es más estresante que la misma ejecución de su tarea, lo cual no había comprobado antes debido a la agresiva práctica que realizaba mi señor anterior.
En el costado izquierdo estaba el eyector, ese que retira las secreciones bucales conocidas como “saliva” y uno que otro elemento, como sangre, trozos de dentaduras o tapaduras.
Al abrir mi boca, comienza la sesión, el amable señor de ojos pardos y jovialidad desbordante, con guantes de látex incluidos y la ayuda de un pequeño espejo comienza a examinar.
La pieza nueve está estropeada, a la siete un cerec, ¡sí! Un cerec, la cinco y la cuatro composite ¿qué es eso? Me preguntaba, el idioma claramente no era comprendido por mi persona. Todo esto mientras ella, la dama de celeste y ojos en el tono, anotaba cada palabra descrita por mi sugestivo señor.
Placas dentales dañadas, tapaduras pasadas, convertidas actualmente en mi tormento, sangramiento producido por lo rancias que estaban y vaya a saber que otro diagnóstico más se entregó y que yo no comprendí.
La próxima visita sería para concretar la realización de la obra maestra.
Un par de días después, asistí nuevamente, en esta oportunidad pretendía conversar con el señor de verde y la dama de celeste, para liberar tensiones y crear algo así como una amistad temporal, porque creo que después de finalizado el trabajo no los veré después de varios meses o quizás años. Mi alivio era que ambos se veían simpáticos, aunque ella un tanto reticente.
Era mi turno, hice mi ingresó a la habitación, fui recibida con un beso en mi rostro por parte de ambos, comenzaba a notar la fluidez de un segundo avistamiento, todo fue más relajado, tomé posición del asiento reclinable y conversé con ambos por unos diez minutos, detalles de nuestras vidas afloraban, eso significaba que nuestra amistad temporal se iniciaba de una excelente manera.
Pero no todo debía ser ¿y tú en que año vas? ¿Qué estudias?, etc, etc, etc, yo había ido por algo concreto y debía ser efectuado.
Abrí la boca y mi cuerpo se tensó, un escalofríos se paseaba desde mi cabeza, hasta mis pies, solo veía los guates de látex y a ese aparato metálico con componente adormecedor ingresando a mi cavidad bucal ¡sentirás una leve molestia! – lo mismo decía el anterior- y así fue, la leve molestia se presentó en todos sus ámbitos, increíble pero cierto, por primera vez en la vida no había sentido dolor, era un excelente inicio. Al parecer, no sería necesario llegar a ver tantas estrellas.
¿Pero qué tantas estrellas estaré dispuesta a ver?
A las 17 horas aproximadamente, sale el primer individuo, mejor dicho la primera. Uff! Todos los presentes, que por cierto no éramos pocos, la examinábamos detenidamente, más bien, la escaneábamos descaradamente, lo que en jerga juvenil se entiende, como aquella mirada profunda capaz de sobrepasar lo tangible hasta llegar a las mismas entrañas, todo fue analizado en unos cortos tres minutos, su rostro, su más mínima expresión, su incomodidad y hasta lo sombría que fue para ella la sesión. Así, lo percibimos todos, eso lo puedo asegurar.
La fémina, de unos treinta y tantos, distinguía nuestra morbosa y amarillista posición espectadora, supongo que sentía vergüenza y creo que por dos razones específicas.
La primera, aludía a su antiestética fisonomía. Su apariencia no era del todo agradable, causaba algo así como, ¿cómo podría llamarlo? ¿Lástima?, si esa es la palabra, lástima, aunque creo que la misericordia está destinada para otro tipo de conflictos, en este caso era absurdo sentir algo de esa índole, pero de la misma forma era inevitable.
Su rostro hinchado, claro, después de al menos tres pinchazos, de esa jeringa metálica e intimidadora contenedora de anestesia, a veces con vaso y otras no, todo depende del efecto que el señor de verde y guantes de látex estime conveniente.
Nota: El vaso, es utilizado para dar mayor efecto a la anestesia, esto dependerá de la resistencia al dolor que tenga el paciente.
No quiero dejar de señalar el aspecto de dicho elemento, ese color metalizado de apariencia inquebrantable, imposible de no asemejar a algunos de los aparatos que en algunas ocasiones acompañan arduamente a ese trabajador de la construcción en su tarea diaria, no sé si me explico, aterroriza pensar que debe ser introducido en tu boca y más aún que causará una leve molestia, como diría el señor de verde, pero que para mí, en un pasado, fue mucho más que eso.
La segunda razón concernía a esa sensación incómoda y extraña que uno tiene al salir de aquella habitación, me refiero a la exposición inmediata, abrumadora, brutal y sin compasión, que para algunos es más terrible que la misma sesión.
Todas las miradas puestas en ti, todos pensando exactamente lo mismo: ¡le dolió! ¡Exacto! y ahora solo quiere estar en su cama, pensaba.
La ansiedad comienza a tomar posesión de mi corporalidad, de mis actos y pensamientos, los síntomas se exhiben cada vez más enérgicos ante los ojos de los que por un momento me acompañaron en mi veta espectatorial.
No podía arrancar, por decisión propia, bueno y con la ayuda de mi distinguida madre, había tomado este desafío, este ¡gran! Desafío.
¡Paula! ¡Adelante!
Era mi turno.
Todo era un martirio, una persecución a mi persona, era irracional, pero así lo sentía yo, además, el no haber visto nunca al señor de verde y a la dama de celeste acrecentaba aún más mi temor, sobre todo cuando mi experiencia pasada con uno de aquellos amantes de las placas dentales no fue del todo óptima, si no dolorosa y angustiante.
La habitación de color amarillo y un tamaño normal, además del escritorio, el notebook y algunas fotografías pertenecientes al señor, poseía ese asiento reclinable con la característica luz en forma ocular, esa misma que va sobre tu rostro y que presta atención de cada detalle y contorsión que realiza el rostro al ver esos artefactos de extrañas formas.
La encimera del lado derecho, tenía una series de elementos similares a los repuestos de un taladro, además de la famosa “turbina”, esa que provoca un ruido ensordecedor y poco amable, pero que solo queda en la molestia auditiva, porque de dolor bucal no hay nada, creo y puedo asegurar que el sonido es más estresante que la misma ejecución de su tarea, lo cual no había comprobado antes debido a la agresiva práctica que realizaba mi señor anterior.
En el costado izquierdo estaba el eyector, ese que retira las secreciones bucales conocidas como “saliva” y uno que otro elemento, como sangre, trozos de dentaduras o tapaduras.
Al abrir mi boca, comienza la sesión, el amable señor de ojos pardos y jovialidad desbordante, con guantes de látex incluidos y la ayuda de un pequeño espejo comienza a examinar.
La pieza nueve está estropeada, a la siete un cerec, ¡sí! Un cerec, la cinco y la cuatro composite ¿qué es eso? Me preguntaba, el idioma claramente no era comprendido por mi persona. Todo esto mientras ella, la dama de celeste y ojos en el tono, anotaba cada palabra descrita por mi sugestivo señor.
Placas dentales dañadas, tapaduras pasadas, convertidas actualmente en mi tormento, sangramiento producido por lo rancias que estaban y vaya a saber que otro diagnóstico más se entregó y que yo no comprendí.
La próxima visita sería para concretar la realización de la obra maestra.
Un par de días después, asistí nuevamente, en esta oportunidad pretendía conversar con el señor de verde y la dama de celeste, para liberar tensiones y crear algo así como una amistad temporal, porque creo que después de finalizado el trabajo no los veré después de varios meses o quizás años. Mi alivio era que ambos se veían simpáticos, aunque ella un tanto reticente.
Era mi turno, hice mi ingresó a la habitación, fui recibida con un beso en mi rostro por parte de ambos, comenzaba a notar la fluidez de un segundo avistamiento, todo fue más relajado, tomé posición del asiento reclinable y conversé con ambos por unos diez minutos, detalles de nuestras vidas afloraban, eso significaba que nuestra amistad temporal se iniciaba de una excelente manera.
Pero no todo debía ser ¿y tú en que año vas? ¿Qué estudias?, etc, etc, etc, yo había ido por algo concreto y debía ser efectuado.
Abrí la boca y mi cuerpo se tensó, un escalofríos se paseaba desde mi cabeza, hasta mis pies, solo veía los guates de látex y a ese aparato metálico con componente adormecedor ingresando a mi cavidad bucal ¡sentirás una leve molestia! – lo mismo decía el anterior- y así fue, la leve molestia se presentó en todos sus ámbitos, increíble pero cierto, por primera vez en la vida no había sentido dolor, era un excelente inicio. Al parecer, no sería necesario llegar a ver tantas estrellas.
4 comentarios:
MM.. TA BUENA........SIGE ASI PA Q SIGA VIENDO...TUS ESCRITURAS.....XAU.....PAZ.
Amiga!!!
Caíste en la fría y mundana virtualidad, espacio perfecto para desnudar nuestras intimidades a todo igualmente frío expectador que dará fin a los recorridos de su placer en las páginas que nos exhiben. Eso sí, lo hiciste con clase: entregar un buen relato desde una tan cotidiana y aterradora experiencia, y permitir el suspenso en donde todos conocemos el final, me deja admirado de un talento que no había descubierto. Descubro más y más bellezas en tí.
Vuelve, que necesito de tí.
Amiga, penosamente dando jugo a estas horas de la madrugada, con mínimas horas para revivir de este cansancio. Celebrando con mi prima su cumpleaños 17º, mientras el alcohol me llevaba a otros 17 en donde celebraba mucho de lo que hoy lloro, y no hablo de los años. Ojalá supiera la fecha de vencimiento del dolor, de mi dolor; ojalá supiera cuando acaba la añoranza, cuando termina este vívido recuerdo, cuando pueda dar comienzo a una vida en donde el pasado deje de poner coto a las posibilidades de un futuro... ojalá que la concreción de estos planes por los que lucho, no me llegue sin haber suturado las heridas que el amor me dejó. Y ojo, que ese es uno de nuestros próximos temas: el amor duele por sí solo, hoy lo juro.
que bueno paula que te hayas animado a publicar.
buen relato
ojalá no te duela.
besos.
J.
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